Cuento de mi autoría Mariana Valencia Beltrán

Debajo de la sombra de tu recuerdo. Bailando con tu fantasma.



La mujer se hallaba recostada en el piso, azotada por el calor, el mar; casi podía sentir la sal en la cara. Había ido en la mañana a darse un chapuzón en la costa, pero le había quemado intensamente la piel. Pensó que recostarse en el piso frío de baldosa calmaría su cuerpo que gritaba. Tenía sed, mucha sed.

Era su primera vez en piso firme durante meses, y sabía que en unos días tendría que volver a abordar el barco. Había logrado escabullirse de sus amigas, y ahí estaba en el piso del hotel, con los brazos y piernas estiradas, como una estrella de mar. En ropa interior, cansada, no quería hablar; solo quería estar allí, acostada, sola, pensando. Meses en el mar. Necesitaba descansar.

Cerró los ojos, apretó los labios intensamente. Había mandado una carta sin remitente unos meses atrás y ahora se arrepentía. Sentía asco. Más que todo, hacia quien iba dirigida; definitivamente, el único que merecía una de sus cartas era Juan Fuentes. No un Juan San Martín.

Volvió a suspirar, se estremeció. Hubiese dado lo que fuese por un abrazo en ese momento, pero no de cualquiera; quería un abrazo de él. Solamente de él.

Le escribiría, debía hacerlo, pero ahora no; cuando estuviese en su hogar, en su casa, cuando no estuviese en aquella vida nómada. Cerró los ojos, recreó su olor, su cabello, su barba, sonrió y entendió que pensar en él le era intensamente agradable. Añoraba mucho tenerlo en su vida.

—¿Qué era más pesado para un hombre? ¿El dolor presente o el recuerdo de algo que fue y nunca podrá ser?

Siempre le había tenido miedo al amor. Pero… ¿por qué le era tan fácil ser amada por él?

Se miró en el espejo; el reflejo la aterraba. No, ella no era esa. El espejo no coincidía con lo que sentía. Se sentía a menudo como si se estuviera ahogando, o como si estuviese interpretando un papel del que no podía despegarse, en aguas muy profundas donde nadie acudía a rescatarla. Como si tuviese una audición eterna donde tuviese que repetir sin parar los mismos diálogos.

Si tan solo alguien la ayudase a respirar. Pero quizá era demasiado tarde. Demasiado tarde para ella; estaba demasiado rota.

Volvió a pensar en él. A pesar del cansancio, correría rendida a sus brazos de tener la opción. Pero no podía; era demasiado tarde. Cerró los ojos, se quedó pensativa, eligiendo palabras. Aunque ella misma lo sabía, aún no era tiempo de escribir. Algún día lo haría, aunque parecía que nunca era el momento. Siempre tenía demasiado miedo. Había cosas demasiado difíciles para poner en papel.

Después de meditar un rato, se incorporó, tomó papel y tinta. Empezó a escribir un texto. Por momentos le daban muchas ganas de llorar; tenía que detenerse, limpiarse las lágrimas y respirar profundo. Le dolía hondamente el pecho, solo de pensar en todo aquello. Era destructivo, desgarrador.

Se miró en el espejo varias veces: la piel quemada por el sol, los ojos llenos de lágrimas. Estaba bonita en medio de todo, ella misma lo sabía. Nadie podía sospechar el vacío que sentía, el agujero en el estómago, la profundidad del vacío.

Todos esos meses y aun así, el tema la hacía sentir miserable. Al final logró terminar un texto, lo releyó varias veces. Pero no podía enviarlo. Desesperada, tiró el papel al suelo. Una carta muy larga, convertida en un deformado trocito de papel. Le escribiría, lo sabía. Pero después; no tenía la fuerza para hacerlo todavía. Lo haría cuando estuviese más tranquila, cuando la vida pesara menos.


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Carta a Juan Fuentes:

A Juan Fuentes:

Quiero que sepas que, por encima de todo, entiendo los motivos de nuestra ruptura. Aun cuando el final era inevitable, debo decir que fuiste mi excepción preferida. Que no imagino una vida en la que no te conozco.

Eres mi “ojalá” preferido; cambiaste mi visión del amor definitivamente. Por tu existencia, supe lo que es un amor correspondido. Y sí, soy consciente de que ya vivimos nuestro final, que no hay retornos ni segundas oportunidades. Si escribo esto, es un intento de no olvidar a la persona que fui contigo. Porque, por gracioso que te parezca, me gusta la persona que construí después de nuestro tiempo juntos. Siempre sacaste lo mejor de mí.

Estoy eternamente agradecida del momento que compartimos. Me es indiferente que fuese breve; fue uno de esos momentos que me marcaron para siempre. Eres el único hombre que en serio quise. No fuiste un capricho momentáneo, no fuiste el reflejo de mis cicatrices. Fue sincero, fue real. Has sido un rayo de luz en un conjunto de días oscuros. Coincidían mis valores con los tuyos.

Mi pelirrojo sereno, en un mundo lleno de hombres que intenté desesperadamente que me amaran, tú eres el único cuyo recuerdo no detesto. Eres el único que sí merece una carta de amor, no un montón de reproches. Porque de todos, eres el único que puedo llegar a extrañar. El único que me hace falta. El único que recuerdo con cariño.

Meneo la cabeza, estaba tan cansada. Respiro hondamente. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres. Dijo en voz alta. Ese día, durante toda la tarde, bailó con la sombra y el peso de Juan Fuentes.



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