Días perdidos (cuento propio) por: Mariana Valencia Beltrán



Publicar algo hecho por mí siempre ha sido una de las cosas que he querido hacer, independientemente del dinero o de verlo como una profesión. Escribir siempre ha sido terapéutico para mí. Me ha dado la claridad de que en muchas ocasiones se carece.


Hacia la Libertad, Pintura por Almagro.

Su nombre era León, tenía el cabello dorado y los ojos de color violeta. Parecían
más piedras amatistas que ojos. Sus labios eran enmarcados por un lindo lunar.
negro, que llamaba la atención de todo interlocutor, introduciendo así unos
provocativos y rosados labios curvilíneos.
Sus espaldas anchas parecían naturalmente diseñadas para proteger a toda mujer.
que tuviera el placer de acompañarlo. Su nombre, al igual que toda su presencia
No podía hacer menos que glorificarlo; testarudo como siempre, no aceptaba un
no por respuesta y el mundo parecía siempre reposar en sus manos. León era un
conquistador por naturaleza. Sin embargo, fue incapaz de conquistar a una mujer,
que era en lo que se creía un experto. León había participado de muchas danzas.
de pieles con diferentes damas, sin embargo, aquella que era fuente de su deseo
Lo evadía, no deseaba compartir con él, el delicioso roce.
Y de este modo, terminó encontrando el amor en una conquista que al principio le
Parecía vacía y sin fundamento. Un amor que incendió todo su ser apoderándose
de sus sentidos. Cegándolo cuando era ineluctable la luz, transformándolo en
sordo y tartamudo en un mundo de palabras. Era una pasión tan desesperada, en
su naturaleza que hería toda su persona, desde su orgullo hasta su corazón. Fue
presa de un dolor físico, sufriendo del síndrome de abstinencia, en el cual ella era
su adicción.
Su Matilde (ese era su nombre), aquella de los seductores labios rojos, el cabello
Negro, los senos redondos . Estaba a punto de casarse. Una joven de clase alta, de
una educación exquisita, inteligente y de astuta sonrisa. Matilde era el sueño de
Un arrogante león, sin embargo, ella se rehusaba a serlo. No, no podía ser otra.
medalla a un orgullo insaciable.
Alberto era el nombre del hombre con el cual estaba dispuesta a comprometerse,
Formar una familia. No, no era tan guapo como León; sin embargo, sus ojos
inspiraban ternura a quien se detenía a observarlo, siempre obediente a sus
superiores; era un perfecto subalterno del ejército, de contextura corpulenta. Tenía
Una hermosa sonrisa benévola y todos sus gestos delataban una enorme gentileza,
en especial cuando se trataba de Matilde, que siempre había sido su debilidad. Al
estar a su lado los ojos negros de Alberto sólo tenían lugar para aquella figura
femenina que tanto adoraba.
El día del compromiso de la feliz pareja, mientras Alberto se ponía de rodillas,
León, al otro extremo de la habitación, lloraba de la ira. La gente se alegraba y
gritaban una sucesión de hurras en nombre de la pareja, todos reían y aplaudían.
El padre de Matilde no escondía su satisfacción siguiendo a su hija con una
mirada y una sonrisa. En ese instante nadie parecía percatarse de las lágrimas en

el rostro de León. A pesar de estar ahí era ajeno al espacio, algunos proponían un
brindis, otros por el contrario pedían música (existía una algarabía generalizada)
una tía anciana de Alberto discutía con la madre de Matilde como deberían ser los
preparativos de la boda. Matilde sonreía, Alberto la abrazaba mientras ambos
enseñaban orgullosos las sortijas.
León huyó de la habitación, nadie se percató de ello. Todos los asistentes de
aquella reunión parecían estar atrapados en una extraña sensación de regocijo.
León maldecía profundamente su suerte, mientras corría por las calles contiguas a
aquella casa fuente de su desdicha, su mente ante el dolor se llenó de
perversidad, transformando la belleza de Matilde en una figura detestable, era la
única forma de consolarse ante su propia desgracia. Esa tarde soleada, que tal
vez en otros días al joven le hubiera parecido divertida, le aburrió, y lentamente su
rabia y su acidia asesinaron su agobiada alma.
Meses después un viejo amigo de León fue a su morada, a entregarle una
invitación para el matrimonio, un hermoso papelito de color rosilla con letra
cursiva, León decidió no asistir a la boda, sin embargo ese día no volvería a
sonreír, y la vida, antes un hermoso regalo se convirtió en un sinuoso trabajo. El
color de su cielo, se apagó lentamente y él quedó completamente abandonado en
la fantasía que él mismo había construido, todos los pilares que creía tan fuertes
se derrumbaron. Y dejaron salir a la vista que había vivido en la ilusión de una
falsa fortaleza.
Aquella tarde Matilde inició su vida en conjunto con Alberto, una vida feliz. Aquella
tarde que le parecía a León tan infinita y que finalmente terminó, dando paso a la
noche y la noche renació de nuevo en otro día, Los días, se transformaron en
meses y estos en años. Y un día el joven, ya no era tan joven, y se despertó para
apagar la cuadragésima vela de cumpleaños, y todavía melancólico recordó esa
tarde donde perdió toda esperanza; sin embargo, al igual que todas las mañanas
se colocó el abrigo, afeitó las barbas siempre espesas y salió al monótono y
mecánico trabajo, en el cual había atormentado su espíritu, desde que a Matilde
había perdido. El antes brillante escritor de esas radiantes novelas, se dedicaba
ahora a narrar hechos que era incapaz de entender y a escribir palabras que era
incapaz de sentir. Había vivido todos aquellos años como si estuviera forzado a
hacerlo.
En el transcurso de sus pasos, el ilustre caballero se distrajo con la portada de una
revista y en contra de su costumbre se detuvo en un viejo quiosco, mientras
lentamente buscaba en su bolsillo un par de monedas. El título de la revista nada
importante, las circunstancias no guardaban ningún misterio. Sin embargo una
vieja herida fue cruelmente abierta en el que antes había sido un vigoroso león.

Debemos atribuirle a la casualidad, o el destino, todo depende de cuan soñador se
sea. Sin embargo una Matilde envejecida, afable y de aun hermosa sonrisa se
atravesó en su camino. León, durante su vida, nunca había presenciado segundos
tan significativos. El envejecido corazón se tornó de nuevo pasional y exasperado
agito el pecho, causando en el pobre hombre una ingrata sensación, siendo capaz
de ver que aun después de todos esas primaveras solitarias, Matilde seguía
siendo el amor de su vida, aún la besaría si tuviera ocasión, entonces pensó que
solo su presencia podía devolverle la esperanza. Sin embargo ella ignoró o decidió
desconocer su mirada, sus labios no se curvaron al verlo, ni su corazón se
aceleró, ella siguió su camino como si se tratase de un desconocido, esa mirada
enamorada no le trajo viejas memorias, ni debilitó sus sentidos.
Él había perdido su vida amándola y ella había vivido olvidándolo lentamente, tan
elegante como siempre, tan sincera y tan cruda de palabra. No, nada había
cambiado en ella. Él se había quedado en el pasado, Matilde seguía viviendo el
presente. El tiempo no había logrado modificar su alma, ni quitarle su fortaleza.
Paso la calle, se detuvo en la floristería y compró un ramo de rosas blancas.
Siguió caminando sin percatarse de los pasos de León detrás de ella. Por segunda
vez se detuvo, esta vez frente un memorial de los muertos en batalla, junto con
cientos de nombre aparecía el nombre de Alberto.
Alberto Valverde, su Alberto de sonrisa benévola, El hombre irremplazable en el
corazón de Matilde.
Sin embargo Matilde, con un tono lastimero replicó, al ver por milésima vez el
nombre de su marido en aquella larga lista.
-Después de todo nadie muere de amor-una lagrima recorrió el rostro de Matilde
quien continuó lo que parecía un monólogo- Y sin embargo, la tierra sigue girando.


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