El tiempo quiere perder la memoria (cuento propio) Mariana Valencia Beltrán


Este cuento, fue uno de los primeros que escribí en mi adolescencia, como evidencia la foto de la escultura esta muy influido por los mitos griegos. Nunca me cansaré de decir, que escribir siempre ha sido demasiado terapeutico para mí. 

Cuento: El tiempo quiere perder la memoria por Mariana Valencia Beltrán.
El tiempo es un tirano que no tiene ningún tipo de responsabilidad, una medida relativa que no puede tocarse y que su presencia apenas es comprobable, aunque para el corazón humano evidente, un señor que es amenazante y despiadado, inclemente (permanente verdugo) es enemigo del dios Helio al que eternamente quiere ver desterrar del cielo, es antagónico de Afrodita y sus senos voluptuosos; detesta el cabello rojizo lucido, quiere verlo encanecido. Así que la diosa se esconde de  él atemorizada de verse destruida, de que las flores de sus mejillas se marchiten. Es un anciano que escapa de todo, incapaz de encontrar placer en alguna cosa, hortelano por instinto y por apatía; evasivo a la Felicidad, al amor así como lo es inevitablemente de la ira o cualquier emoción.

Sin embargo solía ser un adolescente caprichoso, altanero e irreverente. Inevitablemente apasionado, no conocía autoridad por encima de si, en su juventud solía  observar el mundo inquieto, con sus característicos ojos gatunos: grises y profundos.
 Un día, hace ya muchos años, mientras perseguía segundos y minutos en su corcel blanco, se encontró entre obstáculos del terreno que impidieron su paso, así que finalmente desmonto el animal. Se sorprendió al descubrir que su poder no tenía influjo en aquella tierra sombría y silenciosa, y que cada paso suyo parecía no denotarse en el espacio que recorría. Pacientemente busco algo que pudiera indicarle en donde se encontraba. Los arboles moribundos, el olor a putrefacto, la soledad. Era lo único que podía verse. Así lo único que podía  palparse en la tierra no era la frescura de la hierba, por el contrario el árido desierto.
El tiempo estaba desesperado no entendía la naturaleza de aquellos campos, no podía comprender que estos llanos eran  de transito obligatorio para aquellos que  tienen el simple regalo de existir. Sin embargo en aquel extraño lugar encontró a Eva una doncella de hermosa cabellera dorada que recorría todo su cuerpo como las flores cubren la tierra, y de ojos azules zafiro, ojos profundos  que  tenían extraño parecido con las olas en movimiento, apasionadas y desbordantes retando todo obstáculo con su propia fuerza. Ahí estaba ella bañando su cuerpo, tarareando una suave melodía. Escondido donde nadie pudiese verlo Tiempo contemplaba la representación  adictiva de la belleza femenina, devorando  el cuerpo de la joven con su exaltada mirada y no podía evitar acercarse a ella. No obstante estar deslumbrado, no podía evitar sentir que estaba alrededor de un espectáculo que no podía dejar de ser excéntrico: una mujer joven y hermosa (la cuna de la vida misma) estaba encerrada en su totalidad por ruinas y óbito.
Espero que la joven terminara en conjunto su canción y el dulce baño, colocara prendas en su dulce piel para acercársele, así confiadamente y lleno de esperanza (como la juventud en si misma) entablaron conversación rápidamente y el juego de palabras se convirtió en una necesidad inminente. Los dedos se entrelazaban de una forma vehemente, los labios no podían evitar cruzarse y los encuentros se convirtieron en un hábito.
-No deberías aferrarte a mí, porque moriré- susurraba Eva al oído de su amado -por eso,he venido a estas tierras, esta es mi última parada. Hades vendrá por mí pronto-
-Yo también estoy aquí  y te prometo que no moriré-
-Tú nunca morirás, esa no es tu naturaleza, tú  ves otros morir sin morir  tú mismo-
Él ignoró sus advertencias, permaneció agarrándose de ella como su soporte, como su amante. Pero como ella misma lo había previsto. Hades la recogió en sus mortíferos brazos apartándola de todo, hallándose la joven de repente en el naufragio forzoso, inapelable. Y en su impotencia al tiempo le fue revelada una triste realidad, él era un mero testigo del destino. Un sirviente obligado de la destrucción, así como lo era también de la creación. Era ineludible para el observar al mundo en su cuna y ataúd.
Todo orgullo imbécil se borró de su rostro, se deterioró rápidamente, el cabello una vez azabache fue restituido por la plata de las canas, los ojos grises apasionados se tornaron apáticos al mundo, en permanente zozobra, se alejó del mundo exterior presenciándolo todo sin participar en nada, en eso se transformó su vida.


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