El hombre que pude amar mejor (Escrito propio Mariana Valencia Beltrán)



Después de sus vacaciones, la mujer regresó con su madre.
La besó en la mejilla, abrazó a los canes con los que compartía la vida. Y pensó en él. Sí, en Juan Fuentes.
El pelirrojo sereno que había conocido hacía ya tres veranos.
Respiró profundo. Totalmente opuesto a Juan Sanmartín.

Una de sus amigas le había contado que Juan había leído su carta. Pero a ella no le importaba. La carta había cumplido su fin. La puerta estaba cerrada detrás de sí. No podía serle más indiferente.

Sin embargo, ella sabía: había otra carta que quería escribir. Necesitaba escribirle. Pero esta vez no sería anónima, tendría su nombre. Porque él sí merecía un remitente. Porque, contrario a Juan Sanmartín, los sentimientos —o la triste felicidad— que le inspiraba Juan Fuentes quería gritarlos en voz alta al mundo.

Se sentó, respiró hondo y meditó. No esperaba una respuesta. Sabía que lo más sabio era no poner dirección. Pero esperaba, al menos, hacerlo sonreír.
De hecho, sabía que lo más sano era no esperar nada. No, no lo esperaba. Pero él era un bonito recuerdo que atesoraba. Siempre sentiría una sensación dulce al recordarlo. No le causaba dolor ni malestar. Casi le inspiraba ternura.

El lápiz se posó en el papel para decir:
"Querido Mon chéri:

Algunas veces pienso en ti. Últimamente, para serte honesta, más de lo que me gustaría. Lo hago porque fuiste todo lo contrario a mis patrones perversos. Estabas disponible, estabas a mi alcance. En cualquier momento podías ser mío.
A ti te elegí por convicción, cuando generalmente elijo por enfermedad. Y siempre te voy a estar agradecida por eso. Fuiste mi primer amor sano, la prueba viviente de que puedo amar lejos de mis heridas.

Nuestro love affair fue corto. Es increíble cómo unas semanas pueden tocar hondamente el corazón de una persona. Marcaste mi vida irremediablemente. Mi amor se divide en dos períodos: en el antes y después de ti. Tú eres la paz en mi tormenta.

El hombre con el que siempre soñé.
Si alguien me preguntase qué busco en un hombre, probablemente habría descrito a alguien muy parecido a ti.

Siempre buscaré la paz serena que me diste, así sea en otros cuerpos. Porque contigo el amor no dolía: volaba en los aires pacíficamente.
Sé que no me creerías si te dijera que tuviste ese impacto, esa revolución dentro de mí.

Pero esta carta no la escribo por ti. La escribo por mí.
Porque inevitablemente existe una gratitud enorme que siento por ti.

Siempre tuve este sentimiento de que estaba totalmente sola, y que nadie podía amarme.
Contigo fue lo opuesto. Fuiste la primavera en un largo invierno.

Eres gentil, aun con todas las capas de tu orgullo. Una suavidad, una dulzura irrepetible.

Aun cuando nunca en la vida volvamos a coincidir, o solo representemos un recuerdo lejano en la vida del otro, quiero que sepas que, para siempre, tú serás el primer Rhett Butler de mi vida.

Espero sinceramente que, en lo que me queda de días, existan más Rhett Butlers y menos Ashley Wilkes.

Algún día nos cruzaremos de nuevo.
Y ese día, espero honestamente y con la sinceridad de mi pulso, que seamos felices en los distintos ámbitos a los que nos empuje la vida. Aun cuando esos ámbitos —soy consciente— no incluirán al otro.

Puede que leas esta carta, puede que no, mi pelirrojo sereno.
Independiente de eso:

Te deseo la paz.
Te deseo la felicidad.

Gracias por haber sido parte de mi vida".

Atentamente:
M.
A las 10:30 a.m. del día siguiente, el papel reposaba en las manos de Juan Fuentes.




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